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Yo tuve a mi bebé en neo

Toda embarazada imagina el momento del nacimiento de su hijo y lo que viene después. Cuando lo recibe en la cunita en su habitación, darle la teta por primera vez, llegar a casa juntos. Pero para muchísimas mamás, esto queda en un sueño.

Cuando un bebé nace prematuro, la prioridad es otra: la salud de ese bebé. Y entonces la sala de neonatología pasa a ser imprescindible. Tener un hijo en neo es una experiencia movilizante que sólo pueden entender quienes pasaron por ella. Tres mamás se animan a contar sus emociones y sus recuerdos de esos días en la neo.

Celeste (mamá de Lorenzo, un año)

“Lorenzo no nació prematuro, pero yo tuve preclampsia al final del embarazo y por eso él tuvo que estar 11 días en neo. Cuando me enteré después de la cesárea, sentí que todo lo que había soñado, desaparecía por completo: tocarlo, mirarlo, sentirlo en el pecho… nada de eso iba a suceder. Lo habitual que vive toda mamá, no lo iba a vivir. Es inevitable no sentir dolor, angustia, tristeza. Automáticamente, se me borró la sonrisa que siempre tengo, y eso que pasé pérdidas y momentos muy difíciles en mi vida. Hasta que me dije ‘el sueño no se cumplió, pero algo hay que hacer’. Y seguí para adelante, con mucha voluntad y empeño. Lloraba mucho, pero a la vez no tenía dudas de que el amor era el mejor combustible para curarme y curar a mi bebé: ese amor que no le pude dar de la manera en que lo planifiqué nueve meses, se lo iba a dar a través de una incubadora.

Entregué plenamente mi corazón a la evolución de Lolo. Cuando en la neo le cantaba o lo tocaba, juro por mi vida que él lo sentía. Al margen de los cuidados médicos, el gran remedio fue el amor que le transmitimos con su papá y eso lo hizo evolucionar antes de lo habitual. Al ver que con amor íbamos a lograr su evolución antes de lo que creíamos, mi llanto empezó a quedar afuera.

El peor momento fue cuando me dieron el alta. Llegué a casa, abrí la puerta, y recordé que me fui estando embarazada y entraba sola. Ahí sentí lo que significa la palabra depresión. No tuve temor de dejarlo porque sabía que estaba con excelentes profesionales y porque yo soy muy creyente. La fe y el entorno familiar y mis amigos me acompañaron en este arduo camino: mi marido, mis padres, mi hermana, mi tía, mis sobrinos. Pero sobre todo, Gaby, mi marido. Nunca me contaba lo que le pasaba a él, siempre me contenía y me daba fuerzas a mí. Y me ayudó a entender que si algo le iba a pasar a Lolo, le iba a pasar estuviera con él o no, que estaba en buenas manos y que yo tenía que descansar. Iba todos los días a verlo. Apenas me daban el parte a la mañana, le escribía a toda la familia cuál era la evolución, hasta que llegó el día en que el mensaje fue el alta. Hoy me sigo emocionando cuando recuerdo ese momento: ¡fue una revolución tan linda!

Las experiencias de vida tienen una gran pregunta y esa pregunta no es el por qué sino el para qué. Somos almas y venimos a cumplir misiones: todo sucede para algo, para aprender algo. Creo que ése fue mi gran aprendizaje. Ahora lo veo a Lorenzo y sólo quiero vivir el hoy. A esa dura experiencia de neo le doy las gracias porque aprendí. Aprendí a vivir el el día a día, el milagro de mi hijo. Lo exprimo, disfruto cada minuto, cada instante, cada aprendizaje suyo porque no sólo él aprende de mí sino yo de él. Es maravilloso darse cuenta de eso. Por eso, a la mamá que está con su bebé en neo, le digo: siempre que quieras vas a poder. Ten fe en lo que te haga bien. Sé agradecida, aunque te duela en este momento. Debemos tener voluntad, constancia, fuerza, y amarnos para amar. Porque sos el fiel ejemplo de esa almita que está creciendo que es tu bebé. El tiempo te hacer ver las cosas de otra manera. Y te recuerdo una frase muy importante para mí: la felicidad no es una estación donde se llega, sino una manera de viajar”.

Julia (mamá de Pilar y Josefina, 4 años)

“El embarazo gemelar siempre contempla la posibilidad de prematurez. Mis hijas nacieron a la semana 33 y ya estaba informada de que no iban a quedarse conmigo en la habitación, así que lo tomé de la mejor manera posible. Pero al día siguiente, cuando fui a neo y las vi, todas enchufaditas, se me aflojaron las piernas y me explotó el corazón. Creí que el mundo se me venía abajo. A partir de ese momento, empece a conocer este mundo paralelo que es la neo. Yo, que soy trabajadora de la salud porque soy instrumentadora quirúrgica, tampoco lo conocía. A Pilar le pusieron respirador y cuando me hablaron de eso creí que mi hija podía morir porque el respirador para los adultos es sinónimo de muerte, pero en neo es parte del tratamiento. Pero yo eso no lo sabía: lo tuve que aprender a los golpes y con mucho dolor.

Los días ahí son eternos. Estaba desde que te dejan entrar hasta que te dejan salir. Hasta que en el día 11, la jefa de enfermeras me agarró en el pasillo porque yo estaba extremadamente cansada, ojerosa, flaca y con fiebre, y me dijo: ‘Mami, si no descansas un poco más y te pones bien, tus hijas no pueden recuperarse’. Le hice caso y así pude sobrellevar los 38 días de internación. Dejarlas y volver a casa fue una de las sensaciones más horribles de mi vida. Nos sentamos a sentar con Nico, mi esposo, nos miramos y, sin hablar, nos empezaron a correr las lágrimas por las mejillas. Siempre tuvimos fe en que iba a estar todo bien, pero es una sensación muy fea saber que tus hijas están en terapia intensiva, porque la neo es eso, una terapia intensiva. Si quería ir a verlas a la clínica a las tres de la madrugada no te lo prohibían, pero te sugerían que no lo hicieras porque alteras el sueño de los tuyos y de los otros. No te queda otra que aceptar las reglas que ponen quienes hace años manejan esto. Eso fue algo bueno de la neo: llegué a mi casa con dos nenas que conocía, sabía cómo tenían que comer o cuando interrumpirles el sueño para engordar, lo que no le pasa a una mamá que llega a término.

¿Cuál era mi miedo de la neo? La muerte. Todo me daba miedo porque existe la posibilidad. Las mías no tenían mayores riesgos, pero eso lo fui conociendo a medida que los días corrían y ganaba confianza con sus avances. Y el alta fue a la vez mucha felicidad y temor. Fui muy obsesiva el primer tiempo, por ejemplo si se caía la mantita al piso no se las volvía a poner. Una mamá por naturaleza es controladora de su hijo, pero cuando nace prematuro y dependes de otras situaciones, la pérdida de control te desespera. Te tienes que acomodar en el lugar de mamá y ayudante, y cuando vuelves a casa empiezas a controlar, pero te genera vértigo porque dependías de las decisiones de los demás. Comencé terapia y me ayudó un montón, de a poco me fui relajando. Te lleva un proceso darte cuenta de que tus bebés tienen una vida normal y soltar los miedos.

Las veo y cada vez me acuerdo menos de esa época. No tienen secuelas y la parte cognitiva es brillante de las dos. Por eso a las mamás les digo que confíen, que los medicos saben lo que hacen, que a las enfermeras a veces las odiamos por lo que nos dicen, pero que son ángeles guardianes. Y que el amor es todo: hay que hablarle al bebé, tenerlo a upa, no hay que tener miedo de sacarlo de la incubadora porque te van a decir cómo hacerlo. Hay que confiar, interactuar y siempre tener fe en que todo va a estar bien. Después, todo es felicidad”.

Paula (mamá de Lautaro, 9 años)

“Lauti nació de 27 semanas y pesó 750 gramos. Estuvo internado 120 días, cuatro meses, en los que pasó de todo: mucha paciencia, días de alegría, partes buenos, partes no buenos, llantos, risas… Llegué a la guardia del sanatorio con preclampsia, nació y directo fue a la neo. En ese momento se me pasaron un montón de cosas por la cabeza. Tenía mucho miedo, nadie me explicaba mucho. Verlo tan indefenso en una incubadora era súper angustiante. Nunca tuve miedo de que no viviera, siempre fui muy optimista. Fueron días movilizantes, pero siempre me levantaba con una sonrisa y nunca lloré delante de él, aunque pasamos situaciones en extremo complicadas. El miedo más grande que tenía eran las secuelas que podían quedarle. No se sabía si iba a ver porque tuvo retinopatía del prematuro, lo tuvieron que operar del ductus porque no se selló con la medicación, y cuando nos estaban dando el alta se agarró una infección y fue otra vez vuelta atrás. Cuando a mí me dieron el alta, después de estar yo 11 días internada, fue terrible. El sueño de toda mamá es irse con su bebé en sus brazos, el recibimiento en su casa y todo lo que viene después, que es no dormir y lo que ya sabemos. Pero otra cosa muy diferente es no dormir porque no tienes a tu hijo en la cuna de al lado.

Pasaba la mayor cantidad de horas posible con él en el sanatorio. Me tuve que tomar licencia en el trabajo porque lamentablemente en la Argentina no hay una ley que contemple una licencia especial para los papás de bebés prematuros, que están mucho más tiempo internados y necesitan una atención personalizada. Por suerte conté con el apoyo de mi familia y de mi marido, que me contuvo desde el día uno porque yo estaba en medio de una cesárea y no tuve ni tiempo de deprimirme, aunque en algún momento pasé la depresión post parto.

Siempre me hice muchas preguntas. Venía de un embarazo súper normal y de repente todo mi castillo se me desmoronó: no tenía idea de nada, no sabía lo que era un bebé prematuro. Fue todo nuevo para nosotros: olores, ruidos, luces, pinchazos, medicación. También fui mamá canguro, me lo dieron a los dos meses y me lo pusieron en el pecho… tengo muchos recuerdos y sensaciones que sólo otra mamá de un bebé prematuro puede sentir. Hay cosas que van a quedar en mi corazón siempre, marcadas a fuego. Fue muy importante la contención entre las mamás, porque todos los días aprendías algo nuevo, diferente. Actualmente tenemos un grupo de WhatsApp con las mamás que nos seguimos viendo, los niños están sanos y fuertes. Los prematuros tienen un poder especial, una fuerza que no la tienen los nenes a término, para mí son de otro planeta. Son elegidos, tienen un Dios aparte. Mi consejo a las mamás que pasan por la neo es que tengan mucha paciencia porque es un trabajo de relojero, si se quiere. Y también que tengan mucha fe.

Lauti nació con un apgar de 3, no daban mucho de su recuperación: me hablaban de secuelas severas motrices y cerebrales, y gracias a Dios pudo ir surfeándolas. Lo importante es que Lauti se aferró a la vida desde el primer día, es un luchador, un pequeño gigante como le decimos nosotros. Gracias al apoyo de mi familia, con mi esposo la luchamos muchísimo para que sea lo que es hoy, todo un hombrecito. Le doy gracias a Dios porque pudo salir adelante. Lo veo crecer, jugar a la pelota, correr, cosas que no sabíamos si iba a poder lograr. Es un nene amable, dulce y educado. Pero, por sobre todo, es un nene feliz”.

Foto principal: Getty

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Artículo publicado hace 7 meses
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Adriana Santagati