Buscar
Explorar

Todo lo que Toy Story le enseña a nuestros hijos

Recuerdo esa tarde en el cine cuando todavía no tenía 20 años. Había ido a ver una película para niños que decían que era revolucionaria, que usaba una técnica de animación inédita, la primera hecha íntegramente por computadora. ¿Una película de dibujos animados podía ser todo eso?

Toy Story fue la primera película que fue más que todo eso. Pasaron 20 años de esa tarde que salí del cine absolutamente enloquecida: no solo era la mejor película animada que había visto en mi vida por su técnica, sino que contaba una historia genial, divertida y emocionante a la vez.

Yo me acerco a los 40 y Toy Story está cumpliendo 20 años de su estreno. En la última década, la debo haber visto 25 veces, a las que debo sumar las veces que vi la segunda y tercera. Ya me revelé aquí fan de la única saga en la que la primera es excelente, la segunda es mejor que la primera y la tercera es mejor que la segunda. Eso nos hace entusiasmarnos con que la cuarta que se estrenará en 2017 sea mejor que la tercera.

Toy Story (la 1, la primera) debería ser el primer manual de la fraternidad y la amistad con el que todo niño tendría que crecer. Pienso en Woody como un niño al que le nace un hermano menor: un desconocido con el que todo el mundo está fascinado y encima lo ponen en su lugar de la cama (o en su cuarto, su casa, ¡su vida!). ¿Es la competencia la manera para enfrentarse a ese rival o lo mejor es apostar a la convivencia?

A lo largo de su aventura, Woody va a aprender que en las relaciones hay que vencer el prejuicio. Lo logró con Buzz y se lo hicieron vencer los juguetes mutantes. También aprenderá que hay que aceptar los desafíos que nos sacan de la zona de confort. Ante situaciones que nos desestructuran, debemos tener la habilidad para saber adaptarnos. Todos deseamos ser el rey, pero es necesario saber jugar en equipo: sin el mediocampista que hace el trabajo sucio quitando la pelota y dando el pase preciso, el delantero no se puede lucir con el gol. Y el gol de uno lo festejamos todos. 

La modernidad de Buzz y lo vintage de Woody nos habla de los contrastes permanentes que encontraremos en la vida y de cómo esas diferencias pueden zanjarse. Porque, en definitiva, los dos son un juguete. Porque, en definitiva, por más que seamos tan distintos al otro, los dos somos iguales.

Y la forma más fácil de entender esto es comprender las dificultades y las carencias del otro. Ese guardián espacial que le parecía imbatible al vaquero, se desmorona al descubrir la verdad de su vida. Y es allí donde Woody, el desplazado, lo ayudará a salir adelante. Se ayudarán, en realidad: porque se necesitan el uno al otro y juntos, solo juntos, podrán volver con Andy.

Por último, Toy Story nos confirma algo que siempre supimos, pero que como madres y adultas no podemos aceptar delante de nuestros hijos: que los juguetes tienen vida. Cuando era chiquita y me iba a dormir, saludaba a mis muñecas convencidas de que, cuando se apagara la luz, ellas comenzarían su fiesta. Nadie lo pudo probar nunca porque los muñecos son más inteligentes que nosotros para ocultar sus trucos. Toy Story nos habla también de eso: de creer en una hermosa fantasía.

More On
Artículo publicado hace 2 años
Más de

Adriana Santagati