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Soy una mamá Dory

Salimos del cine con mis hijos después de haber visto Buscando a Dory, emocionados con la ternura de la pececita niña y la maravillosa historia de amor en un sentido bien amplio que cuenta la película. Y yo salí especialmente orgullosa, tanto como para confesarle al mundo algo que intenté ocultar durante años: soy una mamá Dory.

Al igual que el personaje de la nueva película de Disney•Pixar, sufro algo así como la falta de memoria de corto plazo. Bueno, nadie me lo diagnosticó, pero no hace falta: necesito ir al supermercado con la lista de la compra anotada, porque si no, no voy a traer la mitad de las cosas. Mis hijos, acostumbrados a padecer mis olvidos, ya bromean con el asunto y en la intimidad familiar me llaman Dory. Y no porque el azul sea mi color favorito.

Mi lista de olvidos escolares contabiliza desde pedidos especiales de la maestra (bueno, ¿a quién no se le olvida mandar tres pelotas de tenis forradas de cinta verde a la clase de circo?), reuniones de padres y hasta un disfraz para un acto, pasando por uno que mi hijo sigue recordando tres años después: las galletas que debía llevar a una excursión. En el medio, me he olvidado más de una merienda. Ya se han acostumbrado a llevar una barra de cereal extra en la lunchera o a pedir asistencia a sus amigos cuando Dory no les manda su colación. Darme cuenta en el garage de que dejé las llaves del auto 10 pisos más arriba en el departamento no cuenta como escolar, aunque técnicamente llevo a los niños en coche al colegio. 

Hay olvidos más imperdonables. O, mejor dicho, cosas que debería recordar, pero no lo hago. Una de ellas es el número de identificación de mis hijos: es que ambos utilizan los mismos cinco números, en dos combinaciones de ocho cifras. Imposible que eso entre en mi memoria. Y algo todavía peor, por lo que podrían crucificarme: tampoco logró retener su grupo y factor sanguíneo. El pediatra dice que no importa porque a nadie le hacen una transfusión sin verificarlo antes. ¿El pediatra? Por supuesto jamás me acordé ni me acordaré su número de teléfono.

Mis olvidos, como a Dory, me han traído más de una discusión y una preocupación. Después de ver la película en que Julianne Moore sufre Alzheimer precoz, corrí a consultar a la médica. Me dijo que me quedara tranquila: el asunto es que tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Entonces elegí una metáfora: mi cabeza es un vaso lleno. Si le agrego más agua, desborda y no retiene lo que le agregué. Por eso me olvido. Quizás me olvide por causas casi genéticas (mi madre dice que mi hermano es igual) o porque soy una mamá multitasking, como el 99,9% de las mamás. Y, por eso, deben perdonarnos cuando nos cuesta recordar.

Pero, como Dory, las cosas fundamentales no las olvido. Ella pudo recordar que tiene una familia. Y lo que es realmente importante para mi familia, lo que me une a ellos, lo que necesitan de mí, yo también siempre lo recuerdo. 

Artículo publicado hace 6 meses
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Adriana Santagati