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¿Por qué proteger la privacidad de nuestros hijos en la web?

Courtney Adamo hizo lo que hacemos millones de madres en todo el mundo: subió las fotos de su hija de un año y medio a las redes sociales. Pero una de esas imágenes, tiernísima, en la que se ve a la pequeña Marlow levantándose la remera y mirándose la panza, fue considerada pornográfica por Instagram, que retiró la imagen y bloqueó su cuenta.

Después del reclamo de esta bloguera estadounidense, el sitio reconoció que había cometido un error, la rehabilitó y explicó que es difícil encontrar un balance que permita la expresión creativa de sus usuarios al mismo tiempo que se protege a los menores.

Todo el affaire, que tuvo su esperada repercusión virtual y mediática, me hizo reflexionar que quizás haya algo en lo que los señores de Instagram tengan razón. Y se me vino a la mente enseguida esa foto de mi padrino, que circulaba en los álbumes familiares, en la que se veía a un gordito simpaticón de unos siete u ocho meses recostado sobre un cambiador, sonriendo y con sus partes íntimas, como dice mi hijo, al aire.

Esas fotos eran un clásico en la década del 50, una manera de testimoniar y compartir con los seres queridos la alegría de tener un bebote sano, feliz y que estaba creciendo. Lo mismo que hacemos nosotras ahora compartiendo en Facebook, Instagram, Google+ y otras redes, el primer baño de nuestro bebé, su cara toda enchastrada de papilla, sus primeros pasos y todas esas imágenes de situaciones que a nosotras nos parecen tan tiernas, pero que ese mismo niño, a los 16 años, nos exigiría incendiar (si las fotos siguieran siendo de papel y pudiéramos prenderlas fuego).

Mi hermana dice que los padres no tenemos derecho a exponer a nuestros párvulos en videos de YouTube que se convierten en fenómenos virales. Pero, pienso, ¿cómo resistirse a una ternura como la de los bebés coreanos bailando K-pop, uno de los videos más vistos del año? ¿Cómo, si yo fuera su mamá, me prohibiría mostrarle al mundo esa belleza? Y vuelvo a pensar: ¿no puede pasar también que esos bebés, en 20 años, puedan sentirse vulnerados porque sus padres, justamente, así los expusieron? ¿Cómo, si yo fuera ese bebé, en algún momento de mi vida no querría asesinar a mi madre (y usar el argumento del video en más de una sesión de psicoterapia)?

La ley dice que los padres tenemos la patria potestad sobre nuestros hijos. Es la posibilidad de decidir por ellos, en los asuntos en que se supone que ellos no pueden decidir por sí mismos. Pero tal vez algunas veces nos excedemos en los atributos de lo que la ley nos permite.

En casa, mis chicos están muy entrenados en pensar dos veces qué foto comparten en Internet, por su seguridad. Como mamá, yo intento un ejercicio: también pensar dos veces qué fotos de ellos comparto en las redes. Y, por ejemplo, si armamos un álbum en Facebook con las fotos de un cumpleaños o una salida especial para que puedan verlas sus varios tíos que viven afuera, los invito a participar para que ellos decidan cómo mostrarse. Por eso casi no habrán visto aquí fotos en primer plano de mis hijos, porque en este blog comparto las experiencias de la maternidad que ellos generosamente me permiten vivir. Pero son mis experiencias, no las suyas. Ellos podrán decidir qué imagen de sí mismos quieren exponer en el mundo virtual cuando crezcan. Mientras tanto, me parece saludable reconocerles el derecho a su privacidad.

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Artículo publicado hace 3 años
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Adriana Santagati