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Las peripecias de viajar con un bebé

Puedo pecar de obvia si digo que la maternidad es un viaje fascinante con una diversidad de paisajes inabarcables. Sin embargo, y porque hay que ser práctico, el primer viaje con el primer bebé nos pone a pensar en cuestiones que no sabíamos que existían. Y eso que podemos plantear un escenario amigable, como por ejemplo, las primeras vacaciones en familia.

Ahí vamos entonces, y nosotros, que hemos sabido salir al mundo (o al barrio, da lo mismo) con un bolsito de mano y sin destino cierto, llenamos miedos, valijas e itinerarios con un montón de “por las dudas”: Planear ese viaje parece más difícil que haber traído al niño al mundo. Después de todo, en ese momento no fue necesario corroborar el clima cada 10 minutos.

Una vez elegido el destino “para descansar”, que tampoco es sencillo, la cosa recién comienza y el primer gran tema será cómo llegamos ahí. La red está inundada de consejos para viajar en avión con un bebé. Luego de leer los coherentes, los disparatados y los que suenan bien hasta que se contradicen con otros que también suenan bien, pareciera que la mejor opción se ubica en el medio entre hacer un curso para pilotear la nave nosotros y esperar que el nene sea mayor de edad y el curso lo haga él.

Descartado el avión, pasamos al auto. Cuando logramos dar con la sillita para bebitos que se adapte a nuestro vehículo y que está avalada por la NASA y por no menos de 20 asociaciones internacionales, tenemos que ver si aún nos queda dinero para las vacaciones. Suponiendo que sí, nos abocamos a la tarea polémica y conflictiva de elegir el equipaje.

No se molesten en ver “qué llevan”, es mucho más fácil ir por el contrario y ver “qué no llevan”. El descarte natural se da con las cosas que no pasan por la puerta del auto y con las que se niegan a vacacionar con nosotros, como por ejemplo el pediatra, que parece que tiene sus propios planes (quién lo hubiera dicho, con lo bien que nos caía). Ahora, en serio, pensemos que aunque sea por el límite físico del medio de transporte, tenemos que elegir. Es importante reprimir el impulso de cargar comida, ropa, medicamentos y herramientas como para sobrevivir al fin del mundo, por sí justo ocurre durante nuestro viaje. No va a nevar en verano, dejemos los esquíes. Y después, apliquemos ese sentido común al resto de las cosas. Además, una vez que hayamos logrado meter todo lo del niño en el auto, es esencial que recordemos que nosotros también tenemos que llevar, como mínimo, una muda.

Serenarnos para tomar las últimas decisiones es una buena idea. Después de todo, nos vamos de vacaciones y serán las primeras de muchas. Tenemos un hijo y eso, les juro, será para siempre. Es importante confiar en nuestras elecciones: pensamos en la distancia exacta para que sea un viaje sin problemas, definimos con precisión quirúrgica las paradas técnicas, investigamos los paseos aptos y armamos una planilla con las actividades que haremos día a día, por no decir minuto a minuto.

No es obsesión, claro, es el deseo que se nos desborda de cuidar a ese hijo que vino a modificarnos hasta las maletas. Y minimizar todo lo que se pueda la certeza de que en realidad, no podemos protegerlos del mundo con sus imprevistos, aunque daríamos la vida para que así sea.

Ya con el segundo hijo, o mucho antes, con el segundo viaje, iremos más relajados a disfrutar de la ruta y del destino, de salir y de volver a casa, porque habremos aprendido que por más previsores que seamos, viajar con un bebé es siempre muy parecido a hacer turismo aventura.

Foto: Getty

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Artículo publicado hace 5 meses
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Beta Suarez