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Las 8 cosas que todos los tíos deberían cumplir

Hace más de nueve años, nació mi primera sobrina. Y si yo había elegido a su madre como mi hermana de la vida, ella era un regalo inesperado. Recuerdo que al principio vivía el vínculo con la beba como una amorosa extensión del sentimiento que me unía a su mamá. Hasta que un día, cuando tenía alrededor de seis meses, me quedé a cuidarla. Me senté en un sillón de su casa con ella acostada en mi pecho. Pasó un largo rato y creí que dormía, pero cuando busqué con la vista su carita, allí estaba, con sus ojos muy abiertos, mirando el atardecer por la ventana de su cuarto, sintiéndose en paz y segura en mis brazos. Así lo supe, como en una especie de epifanía: la beba se había ganado mi amor y era para siempre. Tres años después, llegó su hermanito, que es también mi ahijado, y lo que sentía se multiplicó por dos, con matices pero sin atenuantes.

Sin dudas, el tiazgo es uno de los roles más privilegiados que se puede tener en la vida. Es el amor sin traumas, sin planteos ni rabietas. Una puede adorar a esos nenes sabiendo que nadie va al psicólogo a los 30 años para quejarse de su tía; participando en los buenos momentos escolares pero no en los retos de la maestra; corriendo a la plaza pero (casi) nunca al pediatra. Siempre serán a la que esperan, a la que abrazan como si no vieran hace años, con la que hablan de cosas que no le cuentan a sus padres. “Tíaaaaaaaaaa, quedate a cenar”; “Tía, tía, tía, quedate a dormir conmigo”; “Tía, te quiero mucho”.

Hay quienes dicen que los tíos pueden malcriar. Yo me niego rotundamente. Tengamos en claro que nuestro primer pacto es con sus padres y la malcrianza desanda el camino que ellos construyen con paciencia y cada día. Solo me permito alzar a mi ahijado, aunque sea muy alto para sus cinco años, aunque mi columna esté destruida, aunque sus padres me persigan con amenazas. Es nuestro arreglo privado. Tampoco compro regalos excesivos, me gusta explicarles el valor del trabajo y el dinero y lo afortunados que son por todo lo que tienen.

Tengo otro sobrino a quien adoro, vive con mi hermano y su mamá muy lejos de casa, al sur de mi país, entonces es a estos dos chicos a quienes cuido desde bebés. Creo que nunca dejará de sorprenderme que sus padres me agradezcan cuando, luego de ser niñera por un rato, nos despedimos y vuelvo a casa. Siempre me agarran desprevenida, no sé qué decir. ¿Me agradecen por estar con las personas más importantes de mi vida? ¿Gané un aplauso por recibir besos, abrazos y risas? Ahora lo pienso, lo escribo y me doy cuenta. Criar a un hijo no es tarea fácil y las personas que rodean a los papás suman y ayudan, ponen el cuerpo en la tribu, juntan palitos para prender el fuego que nos protegerá a todos de los peligros del afuera.  

Hace años me prometí ocho cosas que todos los tíos deberían cumplir. Aquí van para quienes estén debutando en la tarea:

  • Nunca faltes a los recitales de ballet o a los actos escolares, no importa cuántas horas duren (sí, ¡duran muchas horas!)
  • No los defiendas frente a un reto de sus padres
  • No pases mucho tiempo sin verlos, que nunca olviden lo importantes que son en tu vida
  • A la hora de los regalos, mejor pocos dulces y muchos libros
  • Parate en primera fila el día que cumplan un año. Y no te muevas hasta su boda
  • No dudes en tirarte al piso para jugar, en patear pelotas en la plaza, en vestir muñecas, contar cuentos y cantar canciones
  • Nunca impongas tu presencia. Las familias a veces necesitan quedarse solas, en la intimidad de su núcleo más cerrado
  • No te vayas de sus vidas. Ellos te necesitan. 
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Artículo publicado hace 3 años
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Mariana Rolandi Perandones