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La vida color Violetta

Uniformadas con vincha, bandera, pollera con volados y emoción se acercan, de a miles, al mismo sitio. Van marcando nuestro camino. Casi todas son mujeres y niñas y avanzan como zombies desaforadas sin apartar la vista de su objetivo: el mítico Luna Park de Buenos Aires. Es como hacer turismo aventura pero aquí parece que nos proponen que alcancemos las estrellas

No evitan el merchandising, ni al ilegal que rodea al edificio ni el oficial. Te ofrecen una lata de pochoclo al mismo precio del uniforme del colegio, pero bueno, la felicidad de tus hijos no tiene precio, dicen. Si es por amor

Un día antes de empezar las clases, y desafiando el límite de la ansiedad, llevé a mis hijas al cierre de la gira de Violetta. A La Menor se lo dije 5 minutos antes de salir, no porque ya se me haya hecho costumbre, sino porque no me sentía capacitada para contener el desborde de euforia anticipada. Ponerle nombre a 931923 útiles escolares le quita el ánimo a cualquiera.

Violetta nos tiene rodeados. En el auto, en la radio, en la compu, en la tele, en las sábanas, en las ojotas, en las mochilas, etc. Entramos al Luna asombradas por la multitud: habíamos ido al teatro, pero hoy somos más. Violetta forma parte de nuestra cotidianeidad y va a ser para siempre la banda sonora de los recuerdos de La Menor.

La chiquita se acomoda en la butaca y parece más pequeña de lo que es, rebota la expectativa del lugar y luego estalla con la primer canción. Las chicas gritan con agudos que ni yo (ni el pasado pugilista del estadio) sabíamos que existían. Y pensar que a las nenas le poníamos Jazz cuando eran bebés, pienso. Me voy de la reflexión porque algo se enciende. Son las luces de los celulares, como un universo de luciérnagas, y con cada luz, se prende un corazón.

Mis hijas se saben la letra de todas las canciones, los gestos y la intención de cada tono de voz. La Mayor, que adolescentea, se reprime hasta que se abandona al deseo y fluye en el tránsito del show de luces y de música. Me señala que la bajista es mujer y  la menor nos mira de reojo como preguntándonos a quién le importa realmente la bajista. Incluso dudando de que haya algo más arriba de escenario que Violetta. Es que ella la quiere de verdad. Y eso no hay modo de guionarlo ni de sumarlo a un plan de negocios. 

¿Sabrán estos chicos que bailan y cantan con soltura y entusiasmo lo que representan para todos estos nenes que los miran muertos de amor? Ojalá no les pese un mundo, les deseo. Y ojalá no se quiebren, sumo. Qué manera de revolear las patas.

El teatro, el vivo, tiene esa cosa de la cercanía, la certeza de la realidad, de lo tangible. Y si pretendo que escuchen mi música sería mezquino no escuchar la de ellas. En este mundo de Violetta casi no hay adultos y cualquier diálogo o conflicto se resuelve con una canción. Ojo, debería probar y ponerme a cantar cada vez que dejan tiradas las medias o no quieren hacer la tarea. Si funciona les aviso.

Una canción se va hilando con otra y el despliegue de la escena es tan grande como lo merece la emoción de tantas nenitas. La música nos rejunta, nos hace ser mejor,  y mientras avanza el show se me empieza a mover el pie y la cabeza. Algo suena en mi voz. Las letras me las sé por repetición, nadie en casa puede no saberlas. Y tarareo con ganas el hit que mis hijas gritan. No soy de esas madres con vincha y body paint en la cara, pero a esta altura, no las culpo.

En el mundo que nos entonan los malos son cómicos y siempre se arrepienten y los buenos cometen errores y piden perdón. Hay códigos de amistad y entre dos mundos, el real y el que se filtra color Violetta hay similitudes e ideales. Y sobre todo, en los dos, están mis hijas. Destinadas a brillar. Como las hijas de todos. Está bueno que alguien, además de nosotros, se los cuente. O se los cante.

Termina levitando Violetta sobre el mar de amor que la ovaciona. Y cansadas de la emoción, me llevo a mis hijas contenta porque me gusta que sepan que pueden, que podemos, volar. En honor a mis raíces rockeras prometo no aprender jamás los títulos de las canciones de esta chica, puro prejuicio nomás. Yo soy así

Pero sería tremendamente injusta si no dijera que, claramente, valió la pena todo hasta aquí.

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Artículo publicado hace 4 años
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Beta Suarez