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Feng Shui familiar: la casa antes y después de un bebé

Ahorramos meses para comprar esa lámpara de diseño que domina la escena de nuestro hogar. Elegir el color de la pintura de la pared nos sometió a dudas profundas y definir el sillón del living nos hizo tomar decisiones trascendentes. Combinamos tazas con cuadros, alfombras con muebles y no nos importa el estilo, pero sí que sea nuestro.

Pero cuando llega un bebé, dejamos de ser una foto de Pinterest y pasamos a ser un cuadro pop: con colores intensos y texturas que no sabíamos que existían, todo mezclado. Descubrimos un mundo nuevo multicolor, blando y, por las dudas, con alguna parte didáctica. Hasta la pelela.

Nos sorprende que una persona tan pequeña pueda necesitar tantos objetos para sobrevivir a sus primeros años de vida. Nos sentimos muy agradecidos por los regalos de las personas que nos rodean, pero estamos a dos bolsas de tener que alquilar un depósito para guardar lo que no nos entra: es decir, nuestras cosas. Y tan concentrados estamos en mirar enamorados a ese bebito que se mudó con nosotros, que no reparamos en la sobre población de elementos que, parece, vinieron en el combo. Para cuando pensamos que ese body mejor lo cambiamos por una remera para el secundario, porque el resto de los talles ya lo tenemos cubiertos, la casa tomó otra forma. Y sentimos que necesitamos un mapa para llegar al lavadero.

Nuestro nuevo paisaje tiene esquinas redondeadas, pisos de goma eva y música. Todo tiene música. Pero cambiaron nuestras listas de canciones y dejamos de estoquear vinos para estoquear leche y chupetes que, si nos descuidamos, terminan acomodados en la bodega porque, bueno, ahora está vacía. Por el precio de la cuna deberíamos poder dormir todos ahí y nos metemos tan de lleno en esto de brindarle un entorno seguro a nuestro hijo, que nos encontramos preguntándole al vendedor si el felupudo es hipoalergénico, por si el nene lo chupa. Bañarnos sin pisar un chiche es un milagro y depositar la mirada sobre un rincón que no evidencie que tenemos un bebito en casa es imposible.

En algún momento dejamos de ser una foto de revista de decoración y casi que somos un caso de acumuladores de programa de televisión. Es que nos cambiaron las prioridades, ya no nos preocupan tanto las flores frescas ni la vela aromática. Ni la disposición pensada de los almohadones sobre la cama o el modo “correcto” de poner las copas en el vajillero.

Ahora nos interesa no tropezarnos cuando vamos de un cuarto a otro, que no haya objetos que lastimen a la criatura, que más o menos encontremos lo que necesitamos y que no crezca nada vivo en ningún lado de la casa sin que lo notemos.

Es que la casa es como lo que vestimos: habla de nosotros. No es de extrañar entonces que cuando sumamos un bebé a la familia tengamos que aprender un nuevo idioma y que, en los primeros tiempos, no logremos coordinar un sujeto con un predicado. La bicicleta fija con el cochecito. La mesa ratona con la silla infantil para comer.

Pero el niño crece, nosotros también y la casa toma una forma nueva. Diferente, pero linda, práctica y llena de vida, que nunca deja de cambiar.  

Y llegará un día en el que ahí, en el fondo de nuestro nuevo ecosistema familiar, veremos a nuestros hijos más grandes y a su lado, como una sobreviviente, nuestra lámpara. Y eso, sin dudas, es un hogar.

Foto: Getty

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Artículo publicado hace 3 meses
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Beta Suarez