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El tamaño no importa: Disney con niños pequeños

Viajar desde Argentina a Disney, por multiplicidad de factores, era para nosotros casi una odisea. La diferencia de edad entre La Mayor y La Menor (7 años) nos complicaba aún más decidir el momento ideal para hacerlo.

Resueltos y con los pasajes comprados, nos dedicamos durante meses a medir a La Menor para ver si finalmente llegaba a la estatura mínima que exigen muchas atracciones.

Cuando vimos que era una batalla perdida, ensayamos con suplementos adicionales: Ojotas con plataformas, zapatillas con tapones y peinados altos. La nena, que ni siquiera sabía que íbamos a Disney, nos miraba asombrada por la insistencia y resignada porque aún le falta mucho para emanciparse.

Partimos con la confianza puesta en la magia prometida. Después de todo ya aprendimos, con la coyuntura de la vida misma y con las vicisitudes de haber nacido por aquí, que el mejor momento para cualquier cosa es cuando se puede.  

Ya con las orejas puestas, lo primero que tuvimos que explicarle a la pequeña (“un bonsai de La Mayor”, como la bautizó el pediatra) es que la altura no se compensa con actitud cuando hay una medida marcada en el ingreso de los juegos. Me miraba mal cuando yo, voluntariamente, me quedaba abajo de alguna propuesta vertiginosa. Vos que podés, parecía que me decía desde su petisos 5 años, casi 6.

Tuvimos que aclararle, además, que no estaba rodeada de maleducados, sino que en realidad ella no habla inglés, aunque crea que si. Por eso no le respondían.

Mientras La Mayor, con su altísimos 11 años, se adelantaba en la experiencia con el padre. Por lo menos nos sacaban fotos. No sea cosa que en unos años la chiquita niegue incluso que la hayamos llevado… La paternidad requiere de cierta previsión.

Cuando volvimos, aún con la cabeza en modo fantasía, debimos seguir con las exposiciones esclarecedoras: nadie le va a hacer un desayuno con forma de Mickey y no existe ninguna posibilidad de que le compremos un carrito para llevarla cómodamente como hacíamos adentro de los Parques (ella cree que era por su bien, pero era por el nuestro). En la vida real se camina y los vasos no tienen refill.

Es imposible que Rapunzel venga al cumpleaños aunque le haya firmado el cuaderno de autógrafos y la haya abrazado fuerte; la vida no tiene banda sonora aunque podemos cantar casi siempre que quiera y en algún momento tendría que sacarse el disfraz de Mérida para lavarlo.  

Y para terminar, la verdad es que no podemos volver a Disney cada vez que estamos por salir para algún lado (por ejemplo para la plaza o para el colegio) y ella sugiere cambiar el destino. No estaría mal, pero no, no se puede.

Pasaron meses y entre ellas recuerdan momentos, sabores, sensaciones. La Mayor la mira desde arriba y le cuenta. La Menor pregunta, escucha, duda y se ríe. Siempre me asombra como la perspectiva cambia la versión de un mismo suceso. Los centimetros que las separan les enriquecen las miradas. Lo que queda pendiente es una buena motivación y lo que se comparte se transfiere y se mantiene vivo.

Que sigan charlando. Valió la pena. Y por si aún quedan dudas, afirmamos que no hay edad, ni altura, para el juego. Lo decimos por propia y feliz experiencia. 

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Artículo publicado hace 4 años
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Beta Suarez