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El mágico momento en que conoces a tu hijo

Hay algo que siempre me pareció mágico de la maternidad, y es cómo puedes amar a alguien que no conoces. Se supone que el amor se construye sobre una afinidad, sobre una empatía inexplicable (¿por qué te enamoras de una persona y no de otra?), pero aún más inexplicable es esa empatía que sientes por alguien a quien nunca has visto. Es tu hijo, claro, lo llevas dentro, es una parte tuya (¡la mitad de sus genes son tuyos!), pero hay algo más, insisto, mágico, en ese vínculo único que es el de una mamá con su hijo.

Y creo que es por eso que uno de los pensamientos (y sentimientos) que más me atravesaban durante el embarazo era cómo iba a ser. Cómo iba a ser mi bebé, su rostro, sus manitos, su piel… Con la mayor, la ecografía en la que escanean su rostro me dio una pista: con el menor, no se dejó ver de ninguna manera, y aumentó el misterio.

Pero la cuestión va más allá del típico “¿se parecerá a papá o a mamá?”. La ansiedad, al menos para mí, pasaba por otro lado: era lo que conllevaría ese descubrir a mi hijo. El primer encuentro.

Las mujeres tenemos miles de fantasías con el parto. Yo misma imaginé decenas de situaciones posibles. Te lo advierto: nunca será del modo en que tú lo imaginaste. Eso no es necesariamente algo malo, sino que el parto es en sí mismo una experiencia única y por eso muy difícil de prever qué va a ocurrir, y cómo tú te sentirás en ella. Estarás pensando en si será parto por vía vaginal o cesárea, en las contracciones, la episiotomía, la peridural… relájate porque, como te digo, muchas de las situaciones que en ese proceso ocurran escaparán de tu control.

Pero hay una, fundamental, a la que tienes que prestarle atención. Una que requiere que estés 100% presente ahí, sin importar el dolor o la anestesia o lo que sea. El parto es el primer encuentro con tu hijo. Es ese momento que esperaste nueve meses. Y te aseguro que será el más feliz de tu vida.

No puedo encontrar las palabras para describirlo porque, insisto, como todo lo que pasa en un parto es absolutamente personal, pero lo que puedo sí decirte es que es una sensación que jamás sentiste hasta ahora. Verlo, tocarlo, que te lo pongan en tu pecho, abrazarlo, oírlo llorar… esos segundos van a resignificar todo. Nada de lo que esté ocurriendo alrededor te va a importar. Serás tú y tu bebé. Se abre un mundo en esos segundos, un camino que afortunadamente no va a tener nunca más vuelta atrás. Es la concreción de ese amor infinito e inexplicable. El momento en que ocurre la magia, en que ese desconocido se transforma, definitivamente, en la que persona a la que más amarás hasta tu último aliento.

Foto: Getty

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Artículo publicado hace 3 meses
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Adriana Santagati