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Argentina vs. Alemania: El partido que aprendimos

No somos un equipo, somos un país dice un cartel pegado en el micro que trasladó a nuestra selección durante todo el mundial. Y así vivimos cada encuentro. A pura emoción y abrazo fuerte, con  el corazón agitado y la mesa llena (no sé si es más lo que sufrimos o lo que comimos). Siendo técnicos y estadistas, relatores y analistas. Soñamos con que Mascherano nos diga cosas al oído, le pedimos a Lavezzi que se quite la remera y a Messi que frote la lámpara, o lo que pueda. A Sabella y a Romero les pedimos perdón.

La pasión es democrática y nos encontramos juntos en el grito de cada gol. Usamos palabras como superación y valentía, aliento, orgullo, humildad y trabajo en equipo. Nos vestimos (nosotros y también a los hijos, las mascotas, las casas y los autos) con los colores que son nuestros y del cielo. Corrimos con los jugadores, nos desgarramos músculos emocionales, escribimos las mismas frases épicas que despreciamos de las publicidades mundialistas y se nos lesionó la emoción cada vez que un guerrero quedó herido en el banco. Hicimos promesas y las posteamos y las cumplimos. Dijimos que el Papa, Dios y María Santísima eran argentinos.

Y así llegamos a la final. Después de 24 años llegamos a la final.

La previa fue sufrida, vimos entradas que se vendían a precio de inmueble, corroborando que una experiencia vale más que cualquier cosa que se pueda tocar. Llegó el domingo y van a pasar los años y todos vamos a poder decir en dónde estábamos en el día de hoy. La respuesta siempre será sencilla: El alma en la cancha, el cuerpo en el sillón.

Empezó la final y otra vez supimos que un minuto dura mucho más que 60 segundos cuando la respiración se contiene. Insultamos al árbitro, hicimos silencio, gritamos las llegadas al arco rival, nos indignamos con el penal no cobrado, fuimos a tiempo suplementario y casi en el cierre nos metieron un gol.

Perdimos. Perdimos porque jugamos. Porque jugamos, ganamos. Como en la vida. 

Pero nunca se trató de Alemania o de lo que siente Brasil. Siempre se trató de nosotros. Perder la final del mundial no es el fin del mundo. Si los primeros párrafos de este texto se acercan a la verdad lo único que perdimos aquí fue el último partido. El mundial, incluso para los que no sabemos nada de fútbol, nos hizo sospechar lo que podemos hacer los argentinos. Lo que podríamos. Soy de las que quieren quedarse con algo del crédito de esta “derrota”. 

No me banco más análisis que el propio y ya no es hora de hablar de los errores de la cancha. No estoy triste aunque comprendo la tristeza. Claro que me hubiera gustado ganar, pero no hubiera cambiado nada de este recorrido. Madurar bien es, entre otras cosas, darte cuenta que el trabajo digno no siempre garantiza la copa pero que cualquier otro método no te dejaría disfrutarla. 

Se acabó el Mundial, nos queda esta Patria que hoy festeja igual. Y la posibilidad de hacer millones de goles, cada uno en su propia cancha. El micro de la selección dice “No somos un equipo, somos un país”.

Seámoslo.
 

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Artículo publicado hace 3 años
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Beta Suarez