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Perdí un embarazo, pero no necesito que me cuiden

Una amiga mía recientemente perdió un embarazo. Fui a visitarla con leche y galletas, con la única intención de sostener su mano. Le dije que lo lamentaba. Lloré con ella y me senté a su lado en silencio durante una hora. En esa quietud, mi corazón tenía miles de cosas para decirle. Quería contarle de mis propias pérdidas y compartir todo aquello que me había ayudado a superarlas, pero no lo hice.

Esa primera visita, esa primera hora, era suya. Debía acompañarla en su pérdida, no guiarla.

Sabía que otros la habían visitado, llevando comida y flores, enviándole tarjetas y mensajes de texto. Con buenas intenciones, intentaban quitarle la tristeza que a ellos incomodaba. Su esposo, en su intento de “repararla”, se sentía perdido. Su hijo no sabía cómo lidiar con el corazón roto de su madre. Todo esto me había pasado, por eso lo comprendía, pero también sabía que lo único que ella necesitaba era sentirse a salvo.

Sabía que ella quería sentirse a salvo en su propio cuerpo, y comprender qué había sucedido. Quería sentirse a salvo para procesar su dolor a su propio ritmo. Quería sentirse a salvo para maldecir al universo, cuestionar todo y retirarse de su propia vida por un instante.

Como amiga, ansiaba darle todas esas cosas: protección, resguardo, cuidado. Al menos así, sentiría que hice algo… pero, ¿acaso eso la ayudaría a atravesar su duelo? ¿Había algo que realmente la curara, la reconfortara, le diera paz? En mi caso, no lo hubo.

Luego de perder un embarazo por primera vez, recuerdo que el médico de guardia le dijo a mi esposo: “Cuídala todo lo que puedas. Diles a todos que la cuiden”. Lo intentaron. Cuando, semanas después, todavía estaba mal, lo intentaron aún más. Sólo cuando esa buena gente retomó su vida y su rutina habitual, pude empezar a cuidarme a mí misma. Y no lo hice con baños de espuma o sesiones de masaje, sino de forma desordenada y con altibajos.

Cuando el cuidado proviene del prójimo, siempre es muy civilizado. Te abrazan, te dicen palabras bonitas, te frotan la espalda… Piden disculpas y rezan por ti. Es bueno, claro, pero el auto-cuidado en tiempos de duelo es otra cosa. Subes el volumen de la música al máximo mientras conduces llena de ira. Haces limpieza de armarios a las 2 de la mañana. Sales de compras y gastas demasiado. Te cortas el cabello de forma impulsiva. Así es el auto-cuidado, aunque tenga poco sentido.

Estoy segura de que, vista desde afuera, mi forma de auto-cuidado se veía más destructiva que constructiva, pero mi modo alocado y maníaco me llevó a donde necesitaba ir.

En el silencio compartido con mi amiga, me pregunté cómo sería su propio viaje. Por un instante, pensé en ayudarla a encontrarlo, pero en cambio preferí susurrarle desde mi corazón. Su camino debe ser propio: mi única tarea es pararme a su lado.

Es difícil saber qué hacer o decir luego de la pérdida de un embarazo. Lo sé. Estuve en ambos lados del sofá – como sobreviviente y como apoyo – y lo único que puedo decir es que la aceptación es importante. Aceptar su bebé, honrar su dolor y, sobre todo, apoyar su modo de auto-cuidado. Si no sabes cómo empezar, simplemente sostén su mano.

Artículo publicado hace 2 semanas
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