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Advertencias para el padre de mi hija adolescente

Mi marido tiene tres hermanos varones y nosotros tenemos dos hijas mujeres. Este pobre hombre se encontró, por primera vez, sumergido en un mundo de colores pastel, princesas, hebillas, música pop y esmalte para uñas. No solo se adaptó con cariño y humor del bueno, sino que además es un padre prodigiosamente presente. Es cierto que lo he visto desconcertado, estupefacto y asombrado, pero siempre divertido y amoroso. Hasta ahora.

La Mayor se estrena en la preadolescencia y ese romance entre padre e hija viene mostrando ciertas grietas que van a devenir en abismos. Para qué vamos a negarlo, desde mi realidad de hija mujer puedo asegurar que esto no va a hacer más que empeorar. Quiero decirle a este padre sufrido que hay una lista de cosas que van a ocurrir (y seguro las mujeres se van a sentir identificadas).

Querido, espero que leas atentamente y que quedes prevenido:

  1. Ya no se quiere casar contigo: es más, no entiende cómo yo sí me casé. Es que nadie razonable se querría casar con una persona que pone restricciones para el uso de la tecnología o te manda a estudiar.

  2. Odia tu música: no importa cuánto empeño le hayas puesto a la cuestión. Tampoco sumaron millas las cientas de noches que la dormiste tocando la guitarra. Ahora no solo escucha cosas que te hacen doler los oídos, sino que detesta cualquier banda, género o canción que le sugieras.

  3. Se va a hacer señorita: aunque no quieras. Y su cuerpo va a cambiar y cuando caminen juntos por la calle habrá chicos que la miren. Matarlos no es una opción. Repito: matarlos no es una opción.

  4. No tendrás más autoridad: todo lo que digas será desacreditado y hasta el desconocido conductor del bus será una voz más autorizada que la tuya para cualquier tema.

  5. Siente cosas: es mujer. Es adolescente. Siente cosas. Y muchas veces no las podrá explicar y ni ella podrá con ella misma. Mucho menos el papá.

  6. El resto de los padres le parecerán una mejor opción: pero, tranquilo, esos padres maravillosos no lo son tanto para sus propias hijas. No es personal, más bien es universal.

  7. Vas a reconocer en ella cosas mías: pero no las vas a poder manejar del mismo modo. O sea, no las vas a poder manejar y punto.

  8. La vas a ver sufrir como solo sufren las mujeres: y vas a sentir que ya no alcanza con un beso o con contarle un cuento (sobre todo porque es posible que te eche de su cuarto).

 

Frente a todo esto, lo primero que puedes hacer es abrazar fuerte a La Menor que todavía se muere por jugar contigo y que hasta insiste en pintar tus uñas (y tú accedes, quién te ha visto y quién te ve).

Lo segundo es escucharme. Ella está haciendo el camino natural de toda mujer: necesita odiar a su padre para poder reparar en otro hombre, sino sería imposible. Ya la tienen difícil, el que intente conquistarlas será medido con una vara muy alta: la del amor tremendo que les tienes.

Ahora mismo La Mayor no entiende bien qué le está pasando, pero te aseguro algo: cuando los años le permitan manejar tanta intensidad, ahí te va a volver a ver como su protector principal, el guardián de su niñez, su superhéroe real que no vuela pero que hizo cosas mucho más complejas, como por ejemplo soportar su ciclotimia adolescente. Y te aceptará con tu humanidad completa, que incluye ciertas penumbras. Y te parecerá que se reencuentran aunque nunca te hayas corrido ni un milímetro de al lado de su corazón.

Y me tienes que creer, insisto, porque a esta altura ya no sé si estoy hablando de ti y de nuestra hija o de mi papá y yo. 

Todo pasa querido, pero para que todo sea.

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Artículo publicado hace 2 años
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Beta Suarez